Las decisiones arbitrales siempre son polémicas y a todos los equipos les afectan, ya sea a favor o en contra.

En la pasada final del torneo Apertura 2011, algunas decisiones de Marco Antonio Rodríguez afectaron en contra al Santos Laguna, y se tenía cierto morbo por ver de qué manera lo haría cuando le tocara nuevamente arbitrar un partido de Los Guerreros, y ver si la Comisión de Árbitros le “ordenaba al ordenador” que pitara en Torreón.

El pasado domingo ante el Guadalajara, el “Chiquimarco” volvió a arbitrar un partido del Santos Laguna, pero fue en el Estadio Omnilife de Zapopan, Jalisco.

Otra situación de morbo era ver si nuestro Capitán (y uno de los más afectados) Oswaldo Sánchez le daba la mano a Marco Rodríguez, y en efecto, así fue.

Nuevamente hubo decisiones arbitrales (por no decir arbitrarias) de este polémico y protagónico silbante, el segundo gol del Guadalajara es en fuera de lugar, y el penal marcado en favor de Los Guerreros nunca existió.

Es un hecho que la calidad del arbitraje mexicano ha decaído, y mucho, aunque en la Federación Mexicana de Futbol y en la Comisión de Árbitros se diga otra cosa.

En fin, la figura del árbitro siempre causará polémica, dicen los que saben que el mejor arbitraje es el que pasa desapercibido, el que no interrumpe innecesariamente el ritmo de juego, el que no es más protagonista que los jugadores, y debido a todo esto, quiero compartir con ustedes un texto del escritor uruguayo (y gran aficionado al futbol) Eduardo Galeano, y no es porque yo quiera reivindicar a los árbitros ni mucho menos, es simplemente porque me gustó y me pareció muy interesante:

El Árbitro

El árbitro es arbitrario por definición.

Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera.

Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles.

Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.

Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.

Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden.

Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza.

Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.

A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia.

Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias.

Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.

Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.

ANIMO GUERREROS!!!…

Contacto vía twitter: @pasionguerrera  |  @napoleonname